2.5.11

Defensa del castellano

El idioma nuestro, un tesoro mayor
Escrito por Jerónimo Carrera
Domingo, 27 de Febrero de 2011


Con frecuencia se oye por acá, de un tiempo reciente a hoy, voces que reniegan de nuestros antecedentes hispánicos. Lo hacen la mayor parte de las veces ingenuamente, a mi juicio, pues invocan para ello otros antecedentes que tenemos. Pero hay también quienes lo hacen en nombre de movimientos surgidos un tanto misteriosamente, que se alimentan con pensamientos de índole que yo no me atrevo a calificar como racistas, sino de un racismo al revés, es cierto, aunque esto no los exime de igual pecado.

Me estoy refiriendo, ya el lector lo habrá advertido, al auge de nueva data que aquí han tomado las expresiones de un racismo surgido de personas que pregonan, por todos los medios a su alcance, tanto el “indegenismo” como el “afro-americanismo”.

Ambos grupos, desde luego, lanzan sus prédicas utilizando no uno de los numerosos lenguajes que tenían nuestros indígenas, a todo lo largo de este continente, el cual todavía conserva el mismo nombre de América que le dieron esos invasores europeos. Como tampoco emplean uno de los también numerosos lenguajes que hablaban los pueblos africanos de donde provenían los esclavos que para acá trajeron. Lo hacen, claro, empleando siempre el idioma castellano.

Califico todo esto como “racismo al revés”, ya que proviene de un natural resentimiento histórico por los criminales atropellos de tan prolongada etapa, con discriminaciones de toda clase, sufrida por ellos. A manos de los europeos que no siempre eran tales, pues la verdad es que muchos de los españoles son descendientes de moros, o sea de pueblos del norte de África.

Lo verdaderamente sensato es considerar el racismo como algo del pasado, algo primitivo, propio de una etapa por la cual pasan los pueblos a medida que avanzan en cultura, en conocimiento. En fin, dejando atrás su pasado originario, se humanizan.

Nuestros racistas de nuevo cuño, si quieren, bien pueden en ejercicio del derecho humano a la libre expresión, decir cuantas extravagancias ahora se les ocurran. Denigrar de un hombre con las credenciales de Cristóbal Colón, por ejemplo, bajándolo de su estatua en Caracas. O cambiando nombres geográficos más que reconocidos por siglos. Y hasta pudieran llegar a cambiarle de nombre a nuestro país, ya que el de Venezuela es proveniente de la europea Venecia.

Lo que no pueden y no podrán nunca ellos es expresarse en los perdidos lenguajes de nuestro continente. En cambio, si quieren renegar del castellano tienen que adoptar otro de los idiomas de los conquistadores. Tal como ha sucedido en otros de nuestros países, que tomaron el inglés o el francés, muy cerca de nosotros, y masivamente a nuestro lado el portugués.

No faltan desde luego los pitiyanquis, por desgracia, algo muy ostensible de la prolongada dominación del imperialismo yanqui en nuestros países. En los deportes, por ejemplo, las huellas son más que evidentes. Pero tenemos por fortuna el caso de nuestros hermanos de Puerto Rico, que con su singular valentía conservan el idioma castellano contra viento y marea.

Nuestras gentes, en especial la juventud, deben entender que nuestro mayor tesoro no lo tenemos en el subsuelo, sino en un idioma castellano que es la mejor arma a nuestra disposición para lograr algún día la amplia unidad de estos pueblos que nos indicó hace dos siglos Simón Bolívar.

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